El día que Miranda conoció el mar había en ella una gran emoción, no sólo por el hecho de conocerlo (cosa que deseaba mucho, pues estaba harta de sólo verlo por televisión), sino porque era de noche y había luna llena. Parecía que era el momento perfecto para conocerse. El mar y ella, ella y el mar. Había pocas cosas que Miranda quería conocer en persona realmente, y el mar era una de ellas. Cuando era niña, alguna vez escuchó que lo bonito del mar era la sensación de inmensidad e infinitud que producía verlo fijamente, algo que era capaz de llenar de asombro y miedo al mismo tiempo.
Así fue como una noche de luna llena, ella conoció el mar. En el momento perfecto, era una gran imagen, como para que todo de detuviera y ya...
No tuvo miedo porque no veía el fin, sino porque tuvo muchas ganas de quedarse ahí, viendo. No le gustaba meterse en él, no le gustaba su olor, y mucho menos pensar que mucha gente, animales y cosas se sumergían en él cada día en diferentes latitudes. Pero le gustaba verlo, y pensar que había encontrado el lugar donde no "había" ni inicio ni final, era su imagen de "el todo".
En ese momento no se le ocurrió que el mar también podía ser el espacio donde también se depositaba la muerte, mucho menos que sería en algún lugar del mar donde terminaría la vida del chico con la sonrisa linda. En ese momento no pensó que cada vez que viera el mar sería diferente para ella, que entendería menos y le gustaría más.
Cuando estaba frente al escritorio y supo que había muerto en un accidente en la inmensidad del agua, se dio cuenta de quién era él, ¿un amigo?, en realidad no, sólo un buen compañero y su amor "ideal", ella se dio cuenta que la persona de la que estaba enamorada era más fruto de su imaginación que de la realidad... pero ese año con "él" fue lindo y la hizo feliz.
6
No hay comentarios:
Publicar un comentario