lunes, 20 de febrero de 2012

Miranda

A sus 23 años, Miranda estaba a punto de terminar la licenciatura en Ciencia Política, pues debía una materia, estaba ofiacialmente desempleada, no tenía dinero, y sus esperanzas de un trabajo digno se diluían cada vez que veía las ofertas en las que casi siempre se exige experiencia ("¿de dónde la puedo sacar si no me dan la oportunidad pendejos?", solía pensar) y dan poco sueldo y sobre todo al pensar que no sabía de qué podía trabajar, a final de cuentas, lo mejor que sabía hacer era leer y aún así a veces fallaba.

Era baja de estatura, no era delgada, más bien era "llenita", su cabello era lacio (para su buena suerte no tenía que plancharlo todos los días como hacían muchas de sus amigas) negro y le llegaba al hombro. Vestía informalmente; tennis y sudadera era lo más normal en ella, se podría decir que a pesar de su buen humor y buenas relaciones con sus compañeros era una persona tímida y con complejos difíciles de encasillar. 

Le gustaba ver la televisión, leer y salir a caminar, siempre comprándose algo, ya sea un dulce o un jugo, cualquier cosa era buena para justificar sus salidas. Su vida amorosa era nula, había tenido ciertos acercamientos con diferentes chicos, no muchos, pero en ningún caso se trataba de amor y a pesar de lo raro que le resultaba a todos ni siquiera eran encuentros sexuales, eran más bien salidas (aunque ella nunca lo confesaría, suficiente tenía con la imagen de freak que ya proyectaba su vida no-amorosa).    

Desde pequeña, sabía que era una persona diferente, no porque fuera mejor que los demás o porque tuviera habilidades interesantes, sino porque podía crearse múltiples vidas en su mente y disfrutar con ellas, es decir, por un momento podía vivir dos vidas al mismo tiempo y eso la hacía feliz, siempre tenía a qué jugar pues sólo era cuestión de pensar en uno de sus tantos futuros y de sólo imaginarlos dejaba de existir en la tierra para vivir en su mundo alterno y crear historias que le duraban lo suficiente, hasta que veía a sus amigas en la escuela y en reuniones infantiles.

Pocas veces se interesaba por lo que pensaban de ella, aunque cuando lo llegaba a hacer se convertía en una persona dramática, que sufría y lo hacía intensamente. Jamás aprendió a jugar en las maquinitas, a andar en patineta, ni a bordar, ni a cocinar, a pesar de los esfuerzos que sus amigos y madre hicieron para enseñarla. Lo suyo no era el deporte aunque salía a correr de vez en cuando y a caminar muy a menudo. Había tomado clases de piano y aunque no era mala, jamás lo hacía en público y no planeaba desarrollar esa capacidad. Decir cual era su objetivo en la vida, la sumía en la completa ignorancia y la llevaba a momentos de terrible depresión.    
  

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La segunda vez

Habían pasado casi dos meses cuando volvieron a verse, después de aquella charla en el sillón no habían tenido ningún contacto, a decir verdad, la segunda vez que se vieron fue mera casualidad. Miranda había estado buscando un libro, mismo que la había hecho recorrer diferentes librerías (más no muchas, porque Miranda no es una chica que suela buscar tanto y menos para una clase tan despreciable como lo era la de Metodología I, que había reprobado) y del que encontró un ejemplar en la biblioteca de la UPN. 

Dentro de la biblioteca, sólo se dedicó a sacar copias, no quería darse una vuelta por la escuela, sentía que perdería tiempo valioso, además, parecía que iba a llover. Sin embargo, no pudo evitar darse una vuelta entre los anaqueles, una extraña costumbre que había adquirido a inicios de la universidad, le gustaba ver libros, reconocer títulos (tanto de libros que había leído como de los que no, pero cuya fama los hace referentes de la literatura y obligatorios para la gente "culta", grupo al que sabía no pertenecería debido a su poca disciplina), tomarlos, ojearlos y luego recordar que su avance en las lecturas "clásicas" era lento. Fue ahí, mientras ojeaba La interpretación de los sueños de Freud cuando descubrió que a su lado se encontraba Daniel, viendo libros al igual que ella pero sin tocarlos, algo imposible para Miranda. 

Cuando sus miradas se cruzaron, ambos sonrieron, lo que dio gran alivio a Miranda quien habría odiado ser la única en sonreír y sobre todo darse cuenta de que él no la reconocía, para su fortuna, eso no sucedió y por el contrario volvieron a tener una plática amena. Él había ido a comer con una amiga de la prepa, al parecer no estaba tan feliz con lo que había degustado, sin embargo, decía que era una buena experiencia conocer la escuela y sobre todo poder darse una vuelta en la biblioteca, al parecer también gustaba de leer aunque no lo hacía tan seguido y sobre todo, se reflejaba poco en su desempeño escolar. 

Daniel sintió curiosidad por el libro que ella sujetaba, "¿te gustaFreud?", preguntó sin quitar la mirada de los ojos de Miranda. Ella no supo qué constestar, siendo honesta, nunca había leído a Freud, todo lo que sabía lo había escuchado en algunas clases en la escuela y programas televisivos, lo más interesante que había oído sobre él era que fue tachado de pervertido y enfermo, y que al final de su vida había optado por la abstinencia, cuestión curiosa si se toma en cuenta que la mayoría de sus ideas giraban en torno al sexo, pero no lo sabía de buena fuente, más bien parecía un chisme de su colonia, así que se limitó a ser sincera, temió verse más ridicula inventando algo sobre Freud, "¿y si resulta ser un fanático freudiano?", pensó, y dijo: "la verdad no he leído nada de él, estaba pensando que éste era un buen libro para comenzar", evidentemente mentía, no había pensado comenzar nada, sólo fue el título que reconoció entre el anaquel. Para su buena suerte, después de todo resultó ser un buen día, Daniel tampoco sabía nada de Freud y lo describió como "el que medio mundo ama en su clase de psicología", lo que resultó caer en gracia a ambos, pues si hay algo llega a identificar y hacer reír a las personas es su ignorancia.   

Los dos jóvenes decidieron caminar a lo largo de la carretera y comprarse unos dulces. El puesto se encontraba al cruzar el puente que los dejaba del lado por el que pasaba el camión que los llevaría al metro CU, donde cada uno tomaría su camino a casa. Durante el transcurso, la plática no cesó, no obstante, tampoco se profundizó la relación, era como si el destino quisiera que Miranda se emocionara pero que no diera por hecho nada y mucho menos se permitiera creer que algo sucedería entre el jóven amigable y ella, a final de cuentas las cosas no suceden así, por lo menos no a ella.


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sábado, 11 de febrero de 2012

En el sillón

Fue frente a un escritorio que supo la noticia, había muerto en un accidente en la inmensidad del agua, ¿un amigo?, en realidad no, sólo un buen compañero y también uno de sus ideales en el amor. "Ideal", esa es la palabra correcta, pues ella estaba consciente de que la mitad de la persona de la que estaba enamorada era fruto de su mente y no de la realidad... pero era lindo y la hacía feliz.

Había estado esperando una hora cuando él llegó y se sentó junto a ella en el sillón. Era un sillón bajito, negro, sucio y aunque estaba bien cuidado se notaba que era viejo y que poca gente se sentaba en él, no obstante, fue el escenario en el que comenzaron a hablarse. Ambos estaban esperando la entrega de unos documentos y la charla comenzó...

En realida, él la comenzó. Fue sencillo, natural, sólo sonrió, no necesitó hacer nada más. Se mostró seguro, fuerte, pero no exagerado, ni soberbio, no pretendía demostrar nada, eso fue lo que la impactó. Él se sentó cerca, no le importó el espacio personal que ella acostumbraba mantener, inició la conversación sin ningún tema en específico, es curioso que a pesar de lo mucho que disfrutó la charla no pueda recordar todo lo que conversaron ni qué fue lo primero de lo que hablaron. 

Hasta cierto punto era lo que estaba esperando, algo natural. La mirada del joven, amante de la lectura y la navegación por internet, no recorrió el cuerpo de Miranda, sin embargo, la mantuvo fija en ella y la hizo sentirse bien. Fue cuando él pronunció su nombre, Daniel, que ella supo que le agradaba y que él lo sabía, no entendía cómo, pero él lo sabía, aunque no dijo nada y continuó hablando de todo y nada como suelen ser las conversaciones entre desconocidos. No hubo una invitación fija, una propuesta ni nada por el estilo, simplemente ambos salieron juntos y continuaron sonriendo, platicando y viviendo un momento de felicidad. 

Miranda sabía que no duraría mucho, pues justo antes de despedirse, prometiendo citarse en el futuro, Daniel le comentó que había una chica a quien él quería pero que le había lastimado. Miranda supo que no sucedería nada entre ellos más que unas buenas conversaciones pues cuando Daniel habló de la otra chica, en sus ojos había amor, y Miranda no podía meterse eso, por más maltrecha que la relación fuera. 

No obstante, las conversaciones entre días se llevaron a cabo y fueron la base que dio pie a la creación del chico ideal en la mente de Miranda. 



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