Habían pasado casi dos meses cuando volvieron a verse, después de aquella charla en el sillón no habían tenido ningún contacto, a decir verdad, la segunda vez que se vieron fue mera casualidad. Miranda había estado buscando un libro, mismo que la había hecho recorrer diferentes librerías (más no muchas, porque Miranda no es una chica que suela buscar tanto y menos para una clase tan despreciable como lo era la de Metodología I, que había reprobado) y del que encontró un ejemplar en la biblioteca de la UPN.
Dentro de la biblioteca, sólo se dedicó a sacar copias, no quería darse una vuelta por la escuela, sentía que perdería tiempo valioso, además, parecía que iba a llover. Sin embargo, no pudo evitar darse una vuelta entre los anaqueles, una extraña costumbre que había adquirido a inicios de la universidad, le gustaba ver libros, reconocer títulos (tanto de libros que había leído como de los que no, pero cuya fama los hace referentes de la literatura y obligatorios para la gente "culta", grupo al que sabía no pertenecería debido a su poca disciplina), tomarlos, ojearlos y luego recordar que su avance en las lecturas "clásicas" era lento. Fue ahí, mientras ojeaba La interpretación de los sueños de Freud cuando descubrió que a su lado se encontraba Daniel, viendo libros al igual que ella pero sin tocarlos, algo imposible para Miranda.
Cuando sus miradas se cruzaron, ambos sonrieron, lo que dio gran alivio a Miranda quien habría odiado ser la única en sonreír y sobre todo darse cuenta de que él no la reconocía, para su fortuna, eso no sucedió y por el contrario volvieron a tener una plática amena. Él había ido a comer con una amiga de la prepa, al parecer no estaba tan feliz con lo que había degustado, sin embargo, decía que era una buena experiencia conocer la escuela y sobre todo poder darse una vuelta en la biblioteca, al parecer también gustaba de leer aunque no lo hacía tan seguido y sobre todo, se reflejaba poco en su desempeño escolar.
Daniel sintió curiosidad por el libro que ella sujetaba, "¿te gustaFreud?", preguntó sin quitar la mirada de los ojos de Miranda. Ella no supo qué constestar, siendo honesta, nunca había leído a Freud, todo lo que sabía lo había escuchado en algunas clases en la escuela y programas televisivos, lo más interesante que había oído sobre él era que fue tachado de pervertido y enfermo, y que al final de su vida había optado por la abstinencia, cuestión curiosa si se toma en cuenta que la mayoría de sus ideas giraban en torno al sexo, pero no lo sabía de buena fuente, más bien parecía un chisme de su colonia, así que se limitó a ser sincera, temió verse más ridicula inventando algo sobre Freud, "¿y si resulta ser un fanático freudiano?", pensó, y dijo: "la verdad no he leído nada de él, estaba pensando que éste era un buen libro para comenzar", evidentemente mentía, no había pensado comenzar nada, sólo fue el título que reconoció entre el anaquel. Para su buena suerte, después de todo resultó ser un buen día, Daniel tampoco sabía nada de Freud y lo describió como "el que medio mundo ama en su clase de psicología", lo que resultó caer en gracia a ambos, pues si hay algo llega a identificar y hacer reír a las personas es su ignorancia.
Los dos jóvenes decidieron caminar a lo largo de la carretera y comprarse unos dulces. El puesto se encontraba al cruzar el puente que los dejaba del lado por el que pasaba el camión que los llevaría al metro CU, donde cada uno tomaría su camino a casa. Durante el transcurso, la plática no cesó, no obstante, tampoco se profundizó la relación, era como si el destino quisiera que Miranda se emocionara pero que no diera por hecho nada y mucho menos se permitiera creer que algo sucedería entre el jóven amigable y ella, a final de cuentas las cosas no suceden así, por lo menos no a ella.
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