A sus 23 años, Miranda estaba a punto de terminar la licenciatura en Ciencia Política, pues debía una materia, estaba ofiacialmente desempleada, no tenía dinero, y sus esperanzas de un trabajo digno se diluían cada vez que veía las ofertas en las que casi siempre se exige experiencia ("¿de dónde la puedo sacar si no me dan la oportunidad pendejos?", solía pensar) y dan poco sueldo y sobre todo al pensar que no sabía de qué podía trabajar, a final de cuentas, lo mejor que sabía hacer era leer y aún así a veces fallaba.
Era baja de estatura, no era delgada, más bien era "llenita", su cabello era lacio (para su buena suerte no tenía que plancharlo todos los días como hacían muchas de sus amigas) negro y le llegaba al hombro. Vestía informalmente; tennis y sudadera era lo más normal en ella, se podría decir que a pesar de su buen humor y buenas relaciones con sus compañeros era una persona tímida y con complejos difíciles de encasillar.
Le gustaba ver la televisión, leer y salir a caminar, siempre comprándose algo, ya sea un dulce o un jugo, cualquier cosa era buena para justificar sus salidas. Su vida amorosa era nula, había tenido ciertos acercamientos con diferentes chicos, no muchos, pero en ningún caso se trataba de amor y a pesar de lo raro que le resultaba a todos ni siquiera eran encuentros sexuales, eran más bien salidas (aunque ella nunca lo confesaría, suficiente tenía con la imagen de freak que ya proyectaba su vida no-amorosa).
Desde pequeña, sabía que era una persona diferente, no porque fuera mejor que los demás o porque tuviera habilidades interesantes, sino porque podía crearse múltiples vidas en su mente y disfrutar con ellas, es decir, por un momento podía vivir dos vidas al mismo tiempo y eso la hacía feliz, siempre tenía a qué jugar pues sólo era cuestión de pensar en uno de sus tantos futuros y de sólo imaginarlos dejaba de existir en la tierra para vivir en su mundo alterno y crear historias que le duraban lo suficiente, hasta que veía a sus amigas en la escuela y en reuniones infantiles.
Pocas veces se interesaba por lo que pensaban de ella, aunque cuando lo llegaba a hacer se convertía en una persona dramática, que sufría y lo hacía intensamente. Jamás aprendió a jugar en las maquinitas, a andar en patineta, ni a bordar, ni a cocinar, a pesar de los esfuerzos que sus amigos y madre hicieron para enseñarla. Lo suyo no era el deporte aunque salía a correr de vez en cuando y a caminar muy a menudo. Había tomado clases de piano y aunque no era mala, jamás lo hacía en público y no planeaba desarrollar esa capacidad. Decir cual era su objetivo en la vida, la sumía en la completa ignorancia y la llevaba a momentos de terrible depresión.
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